Estelas

Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones extraídos de la serie "The X Files". Mulder, Scully y todos los demás personajes mecionados son propiedad de Chris Carter, David Duchovny, Gillian Anderson, 1013 Productions y de la Fox. No obtengo ningún beneficio económico ni pretendo violar ninguna ley.

Nota de la autora:  Esta historia es consecuencia de una promesa que hice hace ya algún tiempo, durante la maravillosa lluvia de estrellas que tuvo lugar en el mes de Noviembre de 1999.

Spoilers: "Sixth Extinction", "Amor Fati" y muy ligeramente "How the Ghost Stole Christmas". La acción se sitúa en algún momento de la séptima temporada, después de Año Nuevo.

Dedicatoria: Para Alfredo, en recuerdo de una noche muy especial y por "regalarme" las estrellas. Para todas las personas maravillosas que he conocido a través de la Red, gracias por estar "ahí fuera".

Tipo: MSR (Romance entre Mulder y Scully),   NC-17 (Mayores de 18 años).


ESTELAS

Estela: (...) Rastro de luz que deja un cuerpo luminoso moviéndose por el espacio.
(Fig.) Rastro que deja cualquier cosa que ocurre.

María Moliner. Diccionario de Uso del Español.

 

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Durante toda mi vida he considerado el control, la independencia y la fortaleza como los factores más importantes para mantenerme a salvo. El control sobre las situaciones exteriores, en la medida de lo posible, pero sobre todo el control sobre mí misma, sobre mis emociones y el modo en que las expreso ante los demás. Dicho así puede parecer extraño que me uniera a los Expedientes X y realmente pienso que asumí un gran riesgo al hacerlo, no por el peligro de verme envuelta en una conspiración o de que un mutante acabara devorándome, sino por el hecho de conocer a Mulder y asumir su historia y su búsqueda como propias. Al principio me pareció simplemente un reto, un modo de demostrarme a mí misma y a mi familia que era capaz de seguir mi propio camino, de triunfar en un campo que no era el que ellos habían elegido para mí. Rebeldía. Después Mulder me enseñó el verdadero valor de esta palabra, de ir contra corriente, no para demostrar nada, no para ganar el respeto ni la admiración de nadie, soportando las burlas y la incomprensión. Y durante un tiempo me sentí capaz de liberarme de mis miedos, de todas las precauciones con que me revestía para afrontar el mundo exterior, pero entonces me desperté del coma en aquel hospital y supe que jamás volvería a ser la misma.

Ahora me doy cuenta de que sólo era una trampa. El control sobre nosotros mismos, la independencia y la fortaleza sólo nos hacen parecer fríos y nos convierten en tristes seres asustados refugiados tras sus muros, la búsqueda de seguridad nos hace terriblemente inseguros y el deseo de perfección sólo conduce a la inmovilidad.

Durante estos últimos años mis propósitos de Año Nuevo han sido más o menos los mismos. Ser fuerte, mantener la serenidad en todo momento, evitar comprometerme emocionalmente y no dejarme manejar por Mulder, pero sobre todas las cosas siempre me he propuesto impedir que él sufriera a causa de sus vanas esperanzas y su inagotable fe en la verdad. Protegerle de la decepción y la tristeza. De alguna manera sentía que esa era mi misión en la vida. Que había sido enviada con ese propósito.

Pero estos últimos meses han sucedido demasiadas cosas. Cuando vi a Mulder en aquel hospital, debilitándose y perdiéndose más cada día sin que ninguna de mis creencias o mi ciencia fueran capaces de salvar su vida y su cordura, comprendí dos cosas. La primera es que todas mis precauciones para esquivar cualquier compromiso emocional y así evitar el sufrimiento que supondría la pérdida habían fracasado, porque jamás en mi vida, y digo jamás recordando los momentos más negros, había sufrido hasta ese punto. Y la segunda es que no había nada que no estuviera dispuesta a probar, ni ningún principio moral al que no estuviera dispuesta a renunciar con tal de que volviera a la vida.

Así que este año mis propósitos de Año Nuevo son más modestos, he dejado a un lado el control, la fortaleza y la independencia y me he propuesto simplemente ser honesta conmigo misma.

Por eso cuando Mulder entró en el despacho y me pidió que le acompañara a ver una lluvia de estrellas, le dije que sí.

Venía con el periódico en la mano y ese entusiasmo infantil tan difícil de resistir. Me mostró el artículo donde se describía el fenómeno, tal vez para demostrarme que no era una excusa para salir a cazar ovnis, e intentó convencerme de que era algo "muy científico" que una mujer como yo no podía perderse. Se quedó sentado delante de mí con una sonrisa esperanzada.

"¿Qué me dices, Scully? Dicen que va a ser fantástico, más de cincuenta estrellas fugaces por minuto en el momento de mayor intensidad."

"De acuerdo."

"¿De acuerdo? ¿Vendrás?"

"Claro."

"Perfecto, más vale que te abrigues bien. Hará una noche muy fría. Paso a buscarte a las doce."

 

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Salimos de la ciudad casi a las doce y media de la noche. El mejor momento de la lluvia de estrellas no estaba previsto hasta las tres de la madrugada, así que teníamos tiempo de sobra. Pronto las luces de la ciudad quedaron atrás y Mulder se desvió por una pequeña carretera local. Conducía en silencio. Y de vez en cuando podía verle mirarme disimuladamente y sonreír, como si quisiera asegurarse de que de verdad estaba allí junto a él. Cruzamos algunos pequeños pueblos dormidos, pero poco a poco fueron desapareciendo y apenas podíamos ver más que alguna casa aislada junto al camino. No tenía ni idea de adónde nos dirigíamos, pero esto solía suceder muy a menudo y, una vez más, pude sentir la calma y la confianza que me producía tener a Mulder a mi lado. Sin saber muy bien por qué, abandonarme a su voluntad sin preguntar nada me llenó de paz y cerré los ojos durante unos minutos, dejándome envolver por el movimiento del coche y el suave sonido del roce de sus manos sobre el volante.

Al poco tiempo la carretera se llenó de curvas y comenzó a ascender. Apenas era lo bastante ancha para dos coches. La luna se había ocultado tras las montañas y los faros iluminaban las espectrales siluetas de los árboles en cada giro. Mulder conducía despacio, cuidadosamente, y el motor del coche producía apenas un susurro sordo en la noche helada. Por fin la carretera dejo de subir y entramos en una zona más abierta. Los faros iluminaron un estrecho recodo en el camino y Mulder detuvo el coche allí. Apagó el motor y las luces y el silencio absoluto nos envolvió.

"Bueno, ya hemos llegado. ¿Qué hora es?"

Encendí la luz interior y miré el reloj.

"Las tres menos cuarto."

"Perfecto. ¿Vamos?"

Salimos del coche y Mulder sacó algo del maletero. Cerramos las puertas produciendo un ruido asombrosamente fuerte, que resonó como un cañonazo. La noche era negrísima, y el firmamento estrellado apenas permitía adivinar la tenue sombra de los árboles. Un viento suave pero helado agitaba las ramas provocando un siseo sordo, como un lamento. Mulder encendió la linterna, tomó mi mano y comenzó a caminar. Cruzamos la carretera y subimos por un camino lleno de piedras. Asombrosamente él parecía saber adónde se dirigía. Tras unos minutos llegamos a un pequeño prado resguardado por una hilera de árboles en forma de media luna, que descendía suavemente en dirección este. Era un lugar perfecto para observar, como un pequeño anfiteatro privado bajo el espectáculo celeste. Mulder avanzó por la parte superior, sin separarse de la línea de los árboles y se detuvo casi en el centro. Sacó una manta de la bolsa que había traído y la extendió en el suelo, apartando primero las piedras y ramas que quedaban debajo. Se tumbó y me iluminó con la linterna.

"Vamos, ven aquí"

"Mulder, hace un frío espantoso. Nos vamos a congelar ahí echados"

"No .Tumbado en el suelo apenas se nota el viento, y es el único modo de mirar al cielo sin acabar con dolor de cuello, y además, ¡sorpresa! tengo otra manta."

Sacó otra manta de la bolsa con un ademán teatral y se cubrió con ella. Me senté a su lado y me tapé las piernas, pero él me empujó suavemente y me arropó como a una niña traviesa. La verdad es que tenía razón. El viento parecía resbalar sobre la manta manteniéndonos relativamente calientes. Mulder apagó la linterna y la noche nos rodeó como un manto lóbrego. Inconscientemente me acerqué a él porque necesitaba su calor y porque de pronto me sentí aterradoramente expuesta, echada en el suelo en medio de la nada, tan sólo protegida por una ligera manta de lana.

"Cuando tus ojos se acostumbren, no estará tan oscuro."

Su voz sonó increíblemente próxima, un susurro íntimo en la inmensidad de la noche. Me aparté un poco de él y por primera vez levanté la vista al cielo. Tal como Mulder había dicho mis ojos se acostumbraron muy pronto a la oscuridad y pude ver un millón de estrellas brillantes y nítidas sobre su lienzo negro de tinieblas.

Al principio no pasó nada, todo permanecía sereno en su vacilante inmovilidad. De repente Mulder profirió una exclamación ahogada y pude ver una estela cruzando el cielo. Fue como el disparo de salida. Unos segundos más tarde tres estrellas más se precipitaron hacia el horizonte casi al mismo tiempo, cruzándose y dejando un destello luminoso que permaneció durante unos segundos. Pronto nuestras exclamaciones subieron de tono y comenzamos a gritar como dos chiquillos, señalando al cielo en todas direcciones mientras contemplábamos boquiabiertos como el firmamento entero parecía llover sobre nuestras cabezas, en un insólito espectáculo mudo de fuegos artificiales. Tras media hora de auténtico delirio la intensidad del fenómeno disminuyó un poco y nos quedamos callados.

Miré a Mulder y pude distinguir la silueta de su rostro y el brillo de sus ojos, más hermoso que todas las estrellas. Me quede así, contemplándole fascinada hasta que se volvió hacia mí y me sonrió.

"Scully, con todas esas estrellas fugaces puedes pedir mil deseos."

"Sólo tengo un deseo."

No se por qué lo dije, pero mi voz sonó inesperadamente grave y solemne. Mulder me miró un momento y volvió a girarse hacia el cielo.

"Bueno, entonces puedes pedirlo mil veces."

Después de esto el silencio se instaló entre nosotros y volví a oír el rumor del viento en el bosque sobre el sonido de nuestras respiraciones. La temperatura había descendido sensiblemente en la última hora y estiré la manta para cubrirme todo lo posible con ella. De repente, Mulder empezó a hablar. En voz tan baja que al principio casi me costaba comprenderle, como si hablara para sí mismo, con los ojos clavados en el cielo.

"Cuando era pequeño solía salir con mi padre a mirar las estrellas… recuerdo un verano, yo debía tener unos 10 años y Sam 6, mi padre dijo que iríamos a verlas la primera noche en que no hubiera luna. Sam estuvo toda la semana suplicando que la dejáramos venir, pero papá decía que aún era muy pequeña para salir por la noche… nos costó muchísimo pero finalmente entre los dos conseguimos convencerle… me hizo prometer que la cogería de la mano y no la soltaría en todo el tiempo.
Mi madre nunca nos acompañó, creo que le daban miedo los ratones de campo, pero a Sam no le importaban. Salimos casi a las doce de la noche, Samantha se había pasado la tarde durmiendo y estaba excitadísima. Nos alejamos de las luces de la casa y entramos en un camino oscuro entre los campos. Mi padre llevaba una potente linterna que iluminaba un gran círculo de suelo ante nosotros. Samantha iba a mi lado, caminaba dando pequeños saltitos, aferrando con fuerza mi mano, indiferente a la oscuridad que nos rodeaba. Cuando llegamos al lugar adecuado mi padre extendió una vieja manta… esta manta, en el suelo y nos sentamos en ella. Entonces apagó la linterna, nos hizo cerrar los ojos y contar hasta cien… tardamos muchísimo, porque Sam todavía se perdía un poco con los números altos.
Por fin papá nos dijo que levantáramos la cabeza y abrimos los ojos. El espectáculo era increíble, el cielo estaba casi blanco de estrellas… como… como una enorme joya con millones de diamantes, como ahora, tal vez incluso más. Yo jamás había conseguido ver una noche tan perfecta. Sam se quedó callada unos instantes, inmóvil, mirando al cielo con la boca abierta. Luego se arrastró un poco sobre la manta y se acercó más a mí sin soltarme la mano. Miró otra vez hacia arriba y luego a mí y vi sus ojos oscuros con millones de chispas de luz. Entonces me abrazó y empezó a reírse, maravillada, mirando a un lado y a otro, a mi padre y a mí como si estuviera en el más fascinante parque de atracciones… aquella noche descubrí la magia de la inocencia."

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda y noté que mis manos temblaban. El universo entero pareció difuminarse y sólo existía ya su voz, su cálida, hipnótica, absolutamente erótica voz en mis oídos, pero también en mi corazón y en un lugar indeterminado bajo mi estómago que se contrajo involuntariamente haciéndome enrojecer.

"Cumplí mi promesa, no solté su mano ni un instante hasta que llegamos a casa. Cuando hacía mucho rato que me había dormido Sam entró en mi habitación, se sentó en la cama y me despertó llamándome muy bajito. Llevaba un pijama rosa y olía a jabón para bebés, se tumbó a mi lado y me dijo 'Fox, gracias por regalarme las estrellas'… ¿no es increíble?"

Su voz se quebró con las últimas palabras, me giré hacia él y vi lágrimas corriendo por su rostro. Me acerqué un poco más hasta que pude sentir la humedad en mi propia mejilla.

"¿Sabes, Scully? hacía mucho tiempo que no salía a ver las estrellas. Cada vez que las miraba, tan hermosas, tan lejanas..., no podía evitar sentir que en algún momento solté su pequeña mano y dejé que se perdiera en la oscuridad..."

Su voz era apenas algo más que un gemido, sentí que algo se rasgaba en mi interior una vez más mientras las lágrimas me nublaban la vista. Su mano rozó mi cuerpo suavemente y yo la tomé entre las mías.

"Pero ahora ya no… ya no… porque… porque tu… Scully… Dios..."

Los sollozos ahogaron sus palabras, Mulder empezó a llorar abiertamente, con el rostro vuelto hacia el cielo, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. Me quedé allí quieta y callada, sujetando con fuerza su mano. Por alguna razón oírle llorar a mi lado sin inhibiciones provocó una violenta oleada de calor, que me alcanzó de lleno en el pecho con toda la intensidad del amor que sentía por él.

Poco a poco fue calmándose hasta que apenas pude oír más que un leve jadeo que agitaba su respiración. Su rostro estaba surcado de regueros brillantes que el viento helaba sin piedad. Me di cuenta de que a mí me ocurría lo mismo y busque un pañuelo en el bolsillo. Después de secarme me incorpore y me incline sobre el, pasé el pañuelo sobre sus mejillas y sus ojos y él volvió su mirada hacia mí. Había un dolor tan desnudo en sus pupilas que sentí el aire escaparse de mis pulmones, dejándome sin aliento. Me incline aún más sobre él y le besé en la mejilla. Pasó el brazo bajo mi cuerpo y apoyó su mano en mi espalda, apretándome contra él. De repente se movió y sentí que volvía a estar sobre la manta, con las estrellas ante mis ojos. Mulder se recostó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro, permaneció así unos segundos, mientras yo le acariciaba el pelo y entonces volvió a moverse y sentí su peso sobre la mitad izquierda de mi cuerpo y sus labios en el cuello. Sin saber lo que hacía eché la cabeza a un lado, él avanzó más profundamente y noté su aliento húmedo bajo el cuello de la blusa. Una alarma se disparó en mi cabeza. Levanté las manos para empujarle a un lado, pero de algún lugar agazapado en la conciencia me llegó una voz clara que dijo "NO". No, no, no, me repetí a mí misma y en lugar de apartarle de mí pasé las manos sobre los músculos tensos de su espalda y acaricié la piel suave de su chaqueta.

Mulder levantó la cabeza con un gemido apenas ahogado y un segundo después abrí los ojos y ya no pude ver las estrellas, sino tan sólo la sombra de su cuerpo cubriendo el mío. Con un movimiento felino avanzó sobre mí, sentí su rodilla entre las piernas y la firme evidencia de su deseo presionando cerca de la ingle. Por primera vez fui consciente de lo que estaba provocando en mi propio interior y una vibración me recorrió de la cabeza a los pies, sacudiéndome contra él.

Me besó con avidez, casi con desesperación, como el que apaga una sed ardiente con agua que se convierte en fuego al tocar sus entrañas.

"¡Dios!"

La exclamación me cogió por sorpresa y dejé escapar un gemido. Mulder se apartó de mí de un salto y cayó sobre la manta intentando recuperar el aliento.

"Dios, Dios, perdóname. Yo… yo no sé… por favor… lo siento."

Parecía a punto de llorar otra vez. Intenté hablar pero el vacío que había dejado su marcha me quemaba la garganta y las mejillas. Tragué saliva y sentí su sabor penetrando en mi cuerpo.

"Mulder… no pasa nada. Tranquilo, de verdad. No… no importa. Tranquilo."

Le hablaba como a un niño que hubiese roto un plato, pero no había manera de decir nada más sin traicionar por completo mis sentimientos. Me incorporé y le encontré sentado con el rostro entre las manos. El viento glacial me alcanzó inmediatamente y atravesó mi abrigo haciéndome temblar todavía más.

"Scully, yo… no sé qué decir. Lo siento..., muchísimo. No… no volverá a suceder. No sé que ha pasado."

"Ha pasado que necesitabas consuelo y cariño y yo estaba aquí. No tiene importancia. De verdad."

No me lo creía ni yo, pero Mulder asintió en silencio y pareció tranquilizarse un poco. Para demostrarle que no estaba asustada puse mi mano en su hombro y tiré de él hasta que volvimos a estar acostados.

"Oh, ¿has visto? Esa ha cruzado todo el cielo."

"Sí... Gracias, Scully."

"De nada, olvídalo, por favor."

Permanecimos allí media hora más hasta que el frío se hizo francamente insoportable y decidimos volver a casa. La lluvia de estrellas había remitido sensiblemente pero todavía podía verse algún destello incandescente mientras recorríamos de nuevo la estrecha carretera rodeados de la más absoluta quietud.

 

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Pensé que sería como un torrente, como las aguas bravas que se precipitan entre las rocas en las montañas, pero no fue así. En lugar de eso sentía el amor y la determinación como un gran río cerca de su desembocadura. Aguas inmensas que fluyen tranquilas, profundas e incontenibles. En algún lugar indeterminado del camino tuve la certeza de que finalmente había llegado el momento. Mulder conducía en silencio, tal vez un poco trastornado por lo que había pasado, pero eso no me preocupó porque no esperaba que fuera él quien tomara la iniciativa. Sabía que a causa de su concepto del respeto, o su complejo de culpa o tal vez del miedo, nunca se permitiría cruzar una frontera que no me dejara dar marcha atrás. Pero comprendía que cuando me invitó a acompañarle, cuando me permitió entrar en el abismo de su mente, en tantas ocasiones durante estos últimos años, en realidad me estaba abriendo las puertas.

Nunca he tenido facilidad para abrir mi corazón a los demás, ni a mi familia. A veces pienso que incluso mi madre me considera una persona fría. Pero no lo soy. Yo misma me sorprendo a veces de la intensidad de mis sentimientos, de la fuerza con que algo muy pequeño es capaz de afectarme. Pero no soy capaz de expresarlo, de compartirlo. Un día conocí al siniestro Fox Mulder, un hombre extraño y lejano a quien nadie entendía y él me mostró hasta el rincón más oscuro de su corazón. Así, tan fácilmente, tan sencillamente. Su historia se parecía a la mía pero elevada a la décima potencia. Un niño solitario, encerrado en sí mismo, diferente, sofocado por un complejo de culpa arrollador y por la certeza de haberle fallado a sus padres y a su hermana. Un hombre prácticamente sin amigos ni relaciones duraderas que parecía incapaz de establecer vínculos o lealtades más allá de sus obsesiones. Y sin embargo bastó un gesto, un momento propicio y me regaló su alma. Y es un regalo que pocas personas podrían apreciar como yo. Desde entonces había deseado poder hacer lo mismo, pero una y otra vez me había faltado el valor. Hasta esa noche. Porque cuando se apartó de mí repentinamente, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, comprendí que estaba faltando gravemente a mis recién estrenados propósitos de honestidad, y que con esto no sólo me estaba castigando a mí misma sino que estaba haciéndole sufrir a él. Negándole el amor y la serenidad que ansiaba su corazón más que ninguna otra cosa. Y comprendí también que no estaba dispuesta a consentir ni un sólo minuto de sufrimiento gratuito más.

 

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Mulder paró el coche frente a mi casa. No lo dejó en doble fila sino que lo aparcó y paró el motor. Interpreté esto como una buena señal. Se quedó en silencio con las manos en el volante y la mirada perdida. Sabía que debía ser yo. Yo debía pedirle que subiera conmigo, pero no sabía como hacerlo. Dado el espantoso frío que habíamos pasado lo más normal parecía invitarle a tomar café, pero por alguna razón me parecía increíblemente frívolo y fuera de lugar. Tomé su mano y la sostuve en mi regazo con la vana esperanza de que esto bastara. No fue así. Ni siquiera se movió. Definitivamente tenía que hacer algo y rápido, el silencio se había convertido en una angustia tensa y palpitante que resultaba más insoportable cada segundo.

"Mulder," tiré suavemente de su mano. "Ven conmigo".

Sé que no es gran cosa, pero fue lo más honesto que se me ocurrió. Mulder me miró un segundo y me siguió dócilmente hasta mi apartamento. Sabía que el momento en que cerrara la puerta y nos quedáramos solos podía resultar muy embarazoso, así que cerré, pasé el pestillo, tiré las llaves sobre una mesa, tomé su rostro entre mis manos y le besé. Primero muy dulce, después más profundo, más apasionado, tal como había hecho él antes. Pero yo no estaba perdiendo el control, era perfectamente consciente de lo que estaba haciendo y de la necesidad de transmitirle la intensidad de mis sentimientos sin dejarle lugar a dudas.

Mulder dudó unos segundos, dejándose hacer, tal vez un poco confuso. Después sus manos bajaron por mi espalda sobre el abrigo, me apretó con fuerza contra su cuerpo y sentí el contacto de su lengua en los labios. Le solté porque me faltó el aire y porque a pesar de toda mi determinación todos los objetos del apartamento parecían girar a mi alrededor. Le sonreí abiertamente mientras me quitaba el abrigo y él hacía lo mismo, mirándome fijamente con algo que podría interpretarse como una sonrisa tímida, apenas insinuada en sus labios.

Mulder puede ser un hombre irresistible cuando es brillante, valiente y apasionado. Cuando expone sus teorías sin vacilar, seguro de sí mismo, cuando se enfrenta a la incomprensión con la fuerza de sus creencias. Pero verle como entonces, sumiso y asustado, con su mirada de niño confuso pidiendo disculpas, es una experiencia que desafía toda descripción.

Le dije que iba a hacer café y escapé a la cocina. Jamás en mi vida me ha costado tanto preparar la cafetera, se me cayó el agua y las tazas corrieron serio peligro. Afortunadamente, Mulder se quedó en el salón. Cuando volví con el café estaba sentado en el sofá, mirando fijamente al televisor apagado. Le di su taza y me senté junto a él. Los dos bebimos en silencio durante unos minutos. El líquido dulce y caliente bajó por mi garganta y sentí que mis mejillas enrojecían. De repente en el apartamento parecía hacer mucho calor, me quité la chaqueta, la dejé sobre una silla y volví a sentarme. Finalmente Mulder dejó su taza en la mesita y me miró. Esa mirada eléctrica suya que me llena el estómago de mariposas. Alargó una mano y la posó sobre la mía. Bajó la vista y por un momento sentí el terror irracional de que me rechazara, pero cuando volvió a mirarme supe que no tenía nada que temer. Con una sonrisa me acarició suavemente el pelo y yo me volví para besarle los dedos mientras lo hacía. Me sujetó la cara entre las manos y me besó en los labios. Muy despacio, saboreando cada momento, cada textura, cada rincón escondido. Dejó resbalar las manos por mi espalda, lentamente. Noté que hacía algo en mi cintura y sentí sus dedos de fuego bajo la ropa. Empecé a temblar sin poder evitarlo, cerré los ojos y bajé la cabeza.

"Scully, mírame."

Obedecí sin dejar de temblar, su mano inmóvil sobre mi espalda desnuda.

"Scully, ¿tienes miedo?"

"No."

Mi voz sonó segura y decidida. No le mentí. Estaba conmovida, emocionada, pero en absoluto asustada. Mulder asintió lentamente mirándome con una mezcla de admiración y sorpresa que poco a poco se transformó en una sonrisa.

En un segundo su expresión se relajó y pareció recuperar todo su aplomo. Se inclinó hacia mí y su mano aumentó la presión sobre mi piel. Me besó en el cuello, pequeños besos, sedosos, errantes. Deslizó los dedos por la fina cadena dorada hasta llegar a la cruz. Bajó un poco más, hasta el primer botón de la blusa y fue desabrochándola muy despacio, sus labios siguiendo a sus dedos. Mi piel reaccionaba violentamente con cada contacto, eché la cabeza hacia atrás y sentí que caía sobre el sofá.

Tuve una sensación de vértigo y comprendí que Mulder me llevaba en brazos hacia el dormitorio. Pensé que me arrojaría sobre la cama, pero no lo hizo. Me dejó de pie en la alfombra y me soltó lentamente, asegurándose de que las piernas me sostenían. Encendió una pequeña lámpara que tengo sobre el tocador y volvió junto a mí. La tenue luz iluminaba su rostro con dulzura, acariciando sus rasgos con un reflejo mágico de ámbar.

Se quitó el jersey y la camiseta sin dejar de mirarme. Yo deseaba tocarle, pero estaba paralizada. Terminó de quitarme la blusa, me rodeó con sus largos brazos y me desabrochó el sujetador. Me contempló un momento antes de abrazarme, dejando escapar un suspiro profundo y entrecortado. Nunca creí que algo tan simple pudiera conmoverme de ese modo. Hundí la cara en su pecho y su esencia me envolvió. Olía como los campos después de la lluvia, como el viento de la tarde que besa las flores en un anochecer de verano. Un temblor incontrolable sacudió todo su cuerpo y se transmitió al mío, vibrando a lo largo de la columna vertebral.

Mulder gimió y me separó de él, sosteniéndome por los hombros. Me empujó suavemente y me tendió en la cama. Sentí sus manos forcejeando con el cierre de mis pantalones. Sin saber muy bien cómo consiguió soltarlo y un segundo después el resto de mi ropa aterrizó en un rincón de la habitación. Oí el sonido metálico de la cremallera de sus vaqueros, y abrí los ojos para mirarle. Era el hombre más erótico que había visto jamás. Sentí las mejillas ardientes y el corazón latiendo desordenadamente en la garganta.

Se tumbó a mi lado y me besó de nuevo, toda vacilación había desaparecido. Noté la desesperada urgencia que agitaba su cuerpo y sus manos ansiosas que me recorrían. Llegó hasta mi vientre y se detuvo. Abrí los ojos y vi que me miraba. Sonreía. Me di cuenta de que estaba sujetándole impidiendo que llegara más abajo. Le solté y él volvió a besarme, en los labios, en el cuello, en el estómago, en la piel sensible del interior de mis muslos. De repente ya no sabía dónde. Sentía sus manos en todo mi cuerpo, sus labios, su aliento húmedo y febril, la vibración enloquecedora de las palabras incoherentes que murmuraba contra mi piel.

Tiré de sus hombros para que volviera a abrazarme, pero no lo hizo. Continuó su recorrido, besando, lamiendo, tocando cada rincón oculto, tensando cada músculo, cada nervio olvidado. La habitación entera empezó a girar, como si la cama levitara e iniciara una rotación mística, suspendida en el aire. Le llamé desesperada porque le necesitaba más cerca, más profundo, más dentro. No sé lo que dije, no puedo recordarlo y creo que tal vez sea mejor así, pero Mulder se levantó de un salto y se abalanzó sobre mí, todo su peso cayendo a plomo sobre mi cuerpo. Intenté recuperar el aliento y él se incorporó ligeramente sobre sus brazos temblorosos. Podía sentir el aire penetrando trabajosamente en sus pulmones y sus jadeos de lobo hambriento junto a mi oído. Me separó las piernas con las suyas y de pronto todo mi valor me abandonó.

Tuve miedo.

Pánico.

De que no funcionara.

De que el hombre al que amaba más que a mi vida me entregara todo su ser y yo no pudiera sentir más que el vacío angustioso que anidaba en mi interior. El frío metálico y amargo que violaba mi alma y convertía mis sueños en pesadillas desde que alguien decidió profanar mi cuerpo y robar una parte de mi vida.

"No, Scully. Así no, por favor."

Su voz me sobresaltó y abrí los ojos. Mulder me miraba fijamente, muy cerca, encima de mí. Su rostro teñido de rubor, estremecido de deseo. Tan hermoso que provocó una contracción en mi vientre y una nueva oleada de espasmos que se difundieron por mis venas.

"Mulder..."

"Así no, Scully. Necesito que me mires. Necesito ver tus ojos, por favor."

Tragué saliva y le miré. No había ninguna posibilidad de ocultar mis temores de este modo. Pero Mulder sonrió y me acarició los labios. Tenía los ojos oscuros y una mirada tan dulce como una antigua canción de amor. Empujó lentamente hasta que estuvo dentro de mí y todos mis miedos se desvanecieron. La sensación era tan arrolladora que le sujeté un momento quieto junto a mí, temiendo perder el sentido. El llanto que había estado conteniendo escapó de mis ojos y temí que Mulder se asustara, pero comenzó a moverse lentamente y un rayo de luz me reveló su rostro extasiado cubierto de lágrimas. Supe que me comprendía.

Poco a poco aceleró sus movimientos, haciéndolos más largos, más profundos. Me aferré a sus hombros y sentí sus músculos tensos temblando por el esfuerzo. Me di cuenta de que se estaba conteniendo para no hacerme daño y le pedí que no lo hiciera. Necesitaba sentirle sin paliativos. Necesitaba que liberara toda la pasión primitiva que latía en su interior, que me arrastrara, me consumiera, me quemara. Mulder se dejó llevar con un aullido salvaje, maldiciendo y jadeando, susurrando mi nombre y llorando y gritando "te amo… te amo… te amo...". Sentí una corriente eléctrica que me traspasaba y una explosión incontrolable de lava hirviente en un lugar en el que pensaba que no volvería a sentir nada.

Me desperté envuelta en una manta, Mulder dormía a mi lado rodeándome con sus brazos. Mi mente se había despejado y recordé con claridad todo lo sucedido. Siempre había pensado en el sexo como un lugar oscuro, casi perverso. Pero Mulder era luz. Como el sol que despunta entre la niebla y desvanece los monstruos. En lugar de sentirme vagamente culpable por lo que había hecho sólo sentí deseos de dar gracias a Dios. Por crear a este hombre y por permitirme sentirle tan profundamente dentro de mi alma.

Sé que no parece propio de mí pero pienso que las estrellas me concedieron mi deseo.

Fin

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