Disclaimer: No
nombro a ningún personaje, asín que podrían ser de cualquiera...es bromaaa,
todos sabemos de quien son y cómo nos hace sufrir...( y gozar, claro)
Nota
del autor: bueno, no pensaba publicarlo, pero en fin,
"alguien" me dijo que lo hiciera, y aquí estoy haciéndole
caso....vosotros diréis J
Dedicatoria:
a "alguien". Y hoy no me enrollo más ;oP
Feedback: Si
habéis leído algo más mío, sabréis cuánto lo aprecio, y eso es igual a
"más que cualquier otra cosa", asin que pleaseeeee: tn1
Tipo:
Vignette, MPOV, Post Emily (sí, a estas alturas, ¿pacha algo? ;o)...en
realidad nada hace ver que sea un post emily, pero al escribirlo me dio esa
sensation, asin que lo digo ;oP)
EL MAR
La noche comienza a caer sobre el océano que ahora se
tiñe de colores naranjas y rojos como en una gran masa de agua que trata de
arder sin conseguirlo, guardando toda esa fuerza sobrecogedora e interna bajo
una fachada de tranquilidad y falta de afectación.
Y es que he descubierto que el mar es ella.
Ella que esconde fuego, fuerza y debilidad increíbles bajo esa fachada
impenetrable, y que solo se rompe en contadas ocasiones para volver a
recomponerse casi al instante.
Como el mar.
Como el mar que tras una tempestad súbita y desgarradora vuelve a esconderse
tras la tranquilidad pasmosa de las olas deslizándose sobre la arena y los
graznidos de las gaviotas cerca de la orilla.
Si no lo conociera diría que es hipócrita.
Como ella.
Pero los conozco,..la conozco y sé que esa es su manera de ser, su manera de
protegerse del enemigo, la única manera que tiene de huir del dolor, no
mostrándose débil. Siendo siempre fuerte y poderosa, escondiéndose tras una
manto de seguridad tranquila y pasmosa.
Ocultando las huellas del dolor, tratando de borrar esas cicatrices como el
mar borra las débiles pisadas de los hombres junto a la orilla con su lento
vaivén...pero las cicatrices que ella tiene que borrar no son esas huellas
débiles.
Son enormes manchas de petróleo que van extendiéndose por su interior y que
sólo remitirán, sólo comenzarán a alejarse cuando me permita ayudarle a
retirarlas, a tratar de limpiarlas y devolverle ese color azul a su mirada,
aunque siempre quedará un deje de aroma a crudo, una marca hecha a fuego que
nadie puede borrar de su rostro, de su superficie, de su interior...de las
profundidades.
Una brisa que sabe a olas sacude mi rostro y unas gotas juegan revoloteando a
mi alrededor mientras cierro los ojos y dejo que me salpiquen, que me
transformen, que me curen...
Son como sus lágrimas.
El mar está lleno de agua pero rara vez te moja, está lleno de olas que
pocas veces sientes en tu piel. Ella no enseña sus lágrimas, no deja que sus
gotas saladas me golpeen. Sólo en contadas ocasiones me permite llegar a
compartir esa especie de acto purificador que ejerce el llorar.
Muy pocas veces.
El mar. Ese gran desconocido para todos.
Ese gran desconocido para todos excepto para algunos privilegiados que
consiguen adentrarse en sus secretos, en el alma húmeda y salada de sus olas.
Yo me considero un privilegiado. Uno de los pocos que la conocen de veras a
través de sus silencios y las cosas que no dice, y como los marineros leen en
el horizonte, yo soy capaz de leer en sus ojos. Y a través de sus ojos, en su
alma.
Y su alma emite un gemido silencioso que nunca cesa y que nadie es capaz de
callar. Como el rumor de las olas.
Como ese lento y constante susurro del mar...
Pero hay algo que los diferencia. Un detalle mínimo pero de vital
importancia.
La confianza.
Nadie, ningún marino o conocedor de los adentros de las olas confiaría nunca
en el mar: es traicionero, golpea sin avisar, se quiebra cuando menos lo
esperas, te atrapa en su abrazo de espuma y te arrastra a las profundidades.
Ella no.
Le confiaría mi vida y mucho más, y eso es un gran mérito en alguien como
yo. En alguien que se fía tan poco de las personas como los navegantes se
fían del mar.
Ella ha conseguido lo impensable y se lo agradezco más de lo que las palabras
puedan expresar: la vida es más valiosa cuando tienes a alguien en quién
apoyarte.
A lo lejos el graznido de una gaviota despierta mis sentidos dormidos y la
acompasada canción de las olas se combina con unos pasos rítmicos a mi
espalda.
La miro y su cara no refleja ningún dolor, su cara grita "estoy
bien" pese a que alguien que la conoce como yo sabe que no lo está, y
sin mediar palabra se sienta a mi lado, mirando la masa azul que se abre ante
nosotros.
La masa azul que se torna negra con reflejos brillantes de las farolas del
paseo, mostrándose ante las personas como ese gran desconocido de rostro
tranquilo y escondiendo el fuego, las pasiones y las luchas internas hasta el
próximo atardecer.
Y es que ella es el mar.