Disclaimer: Ninguno
de los personajes que aparecen aquí me pertenece ni pretendo hacer dinero con
ellos. Sólo divertirme.
Spoilers: Toda
las temporadas, pero principalmente la séptima.
Nota del autor: Lamento que esto se haya hecho tan largo, pero soy un poco lerda para
terminar este tipo de cosas. Mil gracias a todos aquellos se tomaron la molestia
de escribirme para darme su opinión. Vaya un saludo especial para Carol, Ginny,
Melissa, Josefa, Inma, Paola, Aniara, Silvia y todos aquellos que gracias a este
relato he podido conocer.
Feedback:
¡Gracias por escribirme! Por favor, por favor, por favor…. Sigan haciéndolo.
Tipo: MRS,
H, investigación de un expediente, Apto para todo público.
UNA IMAGEN VALE MÁS QUE
MIL PALABRAS... V
Atlanta
Gallaguer Security 6.53 am
La oscuridad aún persistía en la mañana
invernal. Parecía querer acompañar el ánimo de los hombres que, como si
fueran perros enjaulados, se movían tensionados en el cuarto. Todos,
excepto aquel que vestía totalmente de negro y presionaba su mano izquierda
sobre la herida de bala que tenía en el hombro derecho y el que lo había
herido, que se encontraba sentado inmóvil con el arma descansando en su
regazo.
El gobernador estaba sentado al
escritorio, terminando de redactar de su puño y letra el perdón que
Gallaguer le había exigido, una letra que la furia, el miedo y el horror
habían vuelto casi irreconocible. No podía creer que hubiera estado
considerando a ese tipo como un candidato adecuado para su hermana menor,
que le hubiera encargado el sistema de seguridad de su casa, el lugar en
donde sus hijas casi adolescentes pasaban fines de semana solas cuando él y
su esposa debían viajar. Casi podía llorar del espanto.
El secretario del gobernador se había
quedado callado más no quieto y se paseaba por el fondo del cuarto,
tratando de idear la mejor manera de salvar la imagen del gobernador si
llegaba a saberse que perdonó a uno de los peores asesinos seriales de la
historia del estado, incluso del país. Definitivamente, esto era un
suicidio político, pero no se atrevía a decir nada porque su trabajo era
salvarle el trasero a su jefe, no cuestionarlo en este tipo de situaciones.
Mulder parecía estar sumido en sus
pensamientos, apoyado contra el escritorio de Gallaguer con los brazos
cruzados. No dejaba de sentir que las cosas no eran lo que parecían, no
llegaba a encontrar la lógica de la propuesta de Casanova. ¿Por qué dejar
ir a Dina? ¿Por qué meterse en la boca del lobo si ya tenía lo que
quería? ¿Sería porque lo habían descubierto? En ese caso, ¿para qué
secuestrarla? Y lo que más le preocupaba, ¿realmente les devolvería a las
dos mujeres? Estaba seguro de que había una trampa en todo eso y él no
lograba verla. Si tan sólo pudiera darse cuenta de qué era lo que le
molestaba. Qué era. Qué.
El gobernador estampó su firma y le
extendió el papel al asombrado abogado de Gallaguer. El pobre hombre
transpiraba como un cerdo y no se atrevía a mirar a nadie a la cara. Está
bien, él era uno más de los sorprendidos por la revelación de la
identidad de Casanova… él trabaja para ese monstruo, una de las mujeres
que había matado vivía a tres casas de la suya y Gallaguer la había
conocido en una fiesta que dio en el verano anterior. Podría decirse, que
de cierta forma, fue su culpa que la conociera, quizás hasta que la
eligiera como su víctima.
La voz de Gallaguer interrumpió el tenso
silencio de la habitación.
- ¿Está correcto?
El abogado ni siquiera lo miró.
- Sí, es lo que pediste. Se te perdonan
todos los cargos que se le imputan a Casanova a cambio de que los lleves
hasta las agentes del FBI.
Gallaguer sonrió con satisfacción.
Evidentemente se sentía muy complacido consigo mismo. Se levantó con
presteza del sillón e hizo un gesto elegante de invitación con la mano.
- Perfecto. Guárdalo en un lugar seguro.
Después te diré qué hacer con ese documento. Por ahora, sería bueno que
nos pusiéramos en marcha, así es que si me acompañan…
Luke le cortó el paso.
- Ya tienes lo que querías así que ¿por
qué no nos dices en dónde están y terminamos con esto?
Gallaguer lo miró con desprecio.
- Como siempre Luke, contigo es la acción
antes que el pensamiento. El trato era que los llevaría con ellas y eso es
lo que voy a hacer.
Luke hizo el ademán de adelantarse para
romperle la cara a ese cretino, pero Damon lo tomó de un brazo y lo
sostuvo. Eduard sacó las llaves de su camioneta y le clavó a Casanova el
cañón de su arma en las costillas.
- Preocúpate porque estén vivas cuando
lleguemos.
Los ocho hombres salieron del edificio y
se montaron en las dos camionetas que pertenecían a los agentes del FBI,
Gallaguer con su abogado, Eduard y Damon en una y Mulder con el gobernador,
su secretario y Luke en la otra.
Eduard coloco su arma sobre el tablero del
vehículo.
- ¿Hacia dónde?
Gallaguer se acomodó en el asiento
trasero, si la herida de su hombro le incomodaba no lo demostró.
- Al antiguo distrito industrial. Iremos a
la zona de almacenes de mi padre.
Eduard arrancó sin decir palabras,
haciendo que los ocupantes de la camioneta no sintieran deseo alguno de
hablar ya que la velocidad a la que conducía no sólo sobrepasaba con mucho
el límite establecido, sino que prácticamente rayaba en la capacidad del
vehículo.
Luke se esforzaba por seguir a Eduard sin
estrellarse.
- ¡Diablos! Eduard olvida que yo no soy
tan buen conductor como él.
Mulder iba firmemente asido a los costados
de su asiento.
- Bueno, me alegra haber elegido venir
contigo. ¿Hacia dónde nos dirigimos?
- Me parece que a las afueras de la
cuidad.
El secretario del gobernador estaba blanco
como el papel. Su jefe no había querido irse sin asegurarse que las dos
mujeres estaban bien y decidió acompañarlos, por lo que no le quedó más
alternativa que ir él también. Evidentemente las altas velocidades y los
giros en noventa grados no eran habituales en su vida. Sin embargo, el
gobernador mantenía su calma.
- Yo diría que nos dirigimos a la antigua
zona industrial.
Luke golpeó el volante con el puño.
- ¡Claro! ¡Seguramente las tiene en los
almacenes que pertenecían a su padre! Debimos pensar en eso antes.
Mulder se ajustó un poco más el
cinturón de seguridad. Tal vez Luke no era tan buen conductor como Eduard,
pero a su juicio no tenía nada que envidiarle.
- ¿Podrían contarme cómo es que John
Gallaguer es Casanova?
Mulder encongió sus hombros.
- ¿Cómo? No lo sabemos. Tal vez sufrió
de maltrato infantil por parte de su madre, tal vez era alguien marginado a
quien las chicas despreciaban cuando joven por no ser el atleta del equipo
del colegio. Pero en lo personal pienso que es un maldito psicópata con
demasiado recursos económicos e intelectuales para nuestro gusto y
beneficio, que por un infortunio del destino fijó sus obsesiones en Dina
probablemente porque es la única persona que puede competir con su
intelecto. Y para mantenerla en el juego decidió hacer una versión moderna
y retorcida del cuento de Hansel y Gretel.
- ¿El cuento de Hansel y Gretel?
- Sí, aquel en donde dos hermanos van
dejando migajas de pan en el camino para poder hallar el camino a casa. Creo
que él se considera la casa de Dina y en vez de migajas de pan, usó
cadáveres. Pero el objetivo es el mismo.
- Que finalmente llegara hasta él. ¿Y la
otra agente? ¿Es su compañera verdad?
- Scully. Supongo que se la llevó para
que prestáramos más atención.
- O para sacarte del juego.
Mulder negó mientras apoyaba una mano en
el torpedo para evitar darse con la cabeza contra el parabrisas en una
brusca vuelta.
- Llevarse a Scully no es la mejor manera
de sacarme del juego. Cualquiera que se haya molestado en ver mi expediente
lo sabe y estoy seguro de que lo ha ojeado a gusto.
El gobernador iba a agregar algo pero se
interrumpió al ver que la camioneta de Eduard se detenía después de
atravesar la reja que daba acceso a un gran predio que en el pasado había
sido el lugar elegido por los grandes exportadores e importadores para
establecer sus almacenes.
Luke estacionó junto a la camioneta de su
compañero. Eduard y Damon estaba bajando en ese momento, al igual que
Gallaguer. El abogado de este último permaneció dentro del vehículo,
firmemente agarrado aún a la correa que colgaba del techo.
- ¿Qué ocurre?
Gallaguer se apoyó en la puerta delantera
del vehículo mientras encendía un cigarrillo.
- Le dije al agente Pariss que debíamos
esperar al agente Mulder.
Mulder bajó de la camioneta y la rodeó
hasta llegar junto al resto de los hombres. Eduard estaba obviamente al
límite de su paciencia y la línea que lo mantenía dentro de su
autocontrol estaba cada vez más desdibujada. El que Gallaguer hubiera
insistido en que Mulder estuviera presente para decirle hacia dónde tenían
que ir casi lo sacó de quicio, más si tenían en cuenta que había
afirmado que el tiempo era algo que casi no les quedaba.
- Mulder ya está aquí así es que
termina ya con estas estupideces y dinos de una vez adónde debemos ir.
- De eso se trata. La agente Scully y Dina
no están en el mismo sitio, pero el perdón especifica que yo en persona
les llevaré hasta cada una. El problema es que no creo que podamos llegar a
tiempo para salvarlas a las dos así es que quise que Mulder estuviera aquí
para que entre los dos decidan cuál es la que iremos a buscar primero ya
que la que quede en segundo lugar…
Dejó la frase sin terminar y levantó su
hombro sano en un gesto que pretendió ser de resignación. Eduard, Damon,
el gobernador, su secretario y Mulder se quedaron petrificados. ¡Esa bestia
les estaba pidiendo que eligieran cuál de las dos mujeres moriría! ¡A
ellos! Mulder no podía creerlo, ¡esa era la trampa! No importaba que lo
descubrieran, él ganaba de todos modos.
Gallaguer los miró con tranquilidad y les
sonrió con sorna.
- Les dejaré unos segundos para que
puedan decidirse. Avísenme cuando lo hayan hecho pero, por favor… no
tarden demasiado o no habrá torta para ninguno de los dos.
Y riéndose de su broma enferma dio la
vuelta al vehículo y abrió la puerta del asiento en donde estaba su
abogado.
- Acompáñame. Te diré qué hacer con
ese documento mientras estos caballeros deciden qué hacer.
Eduard sintió que esa pesadilla se estaba
transformando en algo que él no podía manejar. Decidir entre Dina y Dana
con un hombre que amaba tanto a Scully como él a su esposa…. Sabía que
la única manera de que Mulder le dejara el camino libre sacrificando a
Scully era que él le disparara y lo dejara allí para ir a buscar a Dina. Y
cuando miró a Mulder supo que él estaba pensando lo mismo.
- Mulder, no puedo dejar que Dina muera
para ir a salvar a Scully. Debemos hallar la forma de salvarlas a las dos.
Mulder levantó una mano mientras trataba
de pensar. Sabía que tenían poco tiempo y que el objetivo de Gallaguer era
desestabilizarlos, confundirlos, dividirlos. Divide y vencerás.
- Lo sé, Eduard. Lo sé. Díganme, ¿qué
dijo Gallaguer durante el camino?
Eduard lo miró extrañado.
- Nada racional. Sólo estupideces
teñidas de su maldito delirio de grandeza.
Damon pateó el suelo tratando de entrar
en calor. Aún estaba oscuro y el frío matinal les calaba los huesos.
- Habló acerca de haber estado cuidando a
Dina, que ella no se lo había agradecido, que ya no podía seguir tratando
de que todas esas mujeres que la envidiaban y que querían ser como ella
fueran castigadas por su vanidad.
Eduard se golpeó la frente con los dedos,
tratando de recordar cada palabra dicha por Gallaguer.
- Dijo que ya que ella quiso dispararle
hace unas horas cuando él le dijo quién era decidió que ya era hora de
enseñarle lo que se sentía al ser discriminado. Que iba a asegurarse de
que nadie más quisiera emularla.
- ¿Va a matarla?
Damon negó con la cabeza.
- No lo creo. Verá, señor gobernador, no
habló de matarla, sólo de darle una lección.
Mulder sacudió su mano tratando de llamar
la atención de los otros.
- Leila Fulken dijo que el cabello de
Scully no la salvaría del hielo que Casanova le tenía preparado y que Dina
sufriría el fuego del infierno. Si lo que dijo acerca de que sufriera
discriminación es cierto entonces podría estar tratando de aislarla
socialmente.
Eduard se paseaba en el corto espacio
entre los dos vehículos. De repente se detuvo y miró a Mulder horrorizado.
- Va a deformarla con fuego.
Mulder asintió.
- Y probablemente quiera congelar a
Scully.
Damon se mesó los cabellos y lanzó algo
parecido a un bufido.
- Esto es un área de almacenamiento y el
padre de Gallaguer tenía una importadora. – sacó su teléfono y llamó a
Louie – Louie, estamos en el antiguo sector de almacenes en donde el padre
de Gallaguer guardaba lo que importaba y exportaba. Necesito que te fijes si
alguno de estos edificios presenta consumo desmedido de energía en el
último tiempo, dónde están los frigoríficos y qué lugar podría usarse
como incinerador.
Louie no perdió tiempo haciendo preguntas
que luego podrían responderle.
- Damon, en el sector oeste hay un
edificio que contiene los frigoríficos. Le conectaron la energía hace una
semana y en estos momentos tiene más consumo del que se necesita si
consideramos que está supuestamente abandonado. En cuanto a lo del
incinerador, no hay nada en los planos que indique que haya algo así en ese
lugar. ¿Qué ocurre?
- Escucha Louie. Quiero que envíes
ambulancias a este lugar lo más pronto posible. Te llamaré después.
Colgó y se volvió a Eduard.
- El edificio de los frigoríficos es el
único con consumo de electricidad. Mulder debe estar en lo cierto. Pero no
hay nada en los planos que indique la presencia de un incinerador o algo
parecido.
Eduard asintió y cuando vio a Gallaguer
lo suficientemente cerca sacó su arma y apuntó a Mulder resueltamente,
haciendo que el gobernador y su secretario se sobresaltaran.
- Lo siento, Mulder. No puedo dejar que
Dina muera. Gallaguer, sube al auto y llévame con mi esposa.
Gallaguer miró la escena y sonrió. Todo
estaba resultando como lo había previsto. En silencio subió al vehículo y
miró a Mulder.
- Debió prever que no jugaría limpio en
esto agente Mulder. Eduard es una rata que pretende hacer creer al mundo que
es un caballero. Lo siento por la agente Scully. Era una mujer muy hermosa.
Damon dio un paso hacia Eduard siguiendole
la corriente.
- Eduard, no hagas esto. Scully morirá si
lo hacemos así.
Eduard caminó hasta la puerta del
conducto sin dejar de apuntar a los otros.
- Dina morirá si no lo hacemos así. Y yo
no dejaré que muera.
Damon se trepó al asiento del
acompañante.
- Iré contigo. Alguien debe traer a
Gallaguer lo más pronto posible una vez que encontremos a Dina y no creo
que ese alguien vayas a ser tú.
Eduard lo miró y Damon le sostuvo la
mirada.
- Y deja ya de apuntarme con esa maldita
arma.
Eduard dejó su Glock 9mm en el torpedo de
la camioneta y arrancó.
- ¿Hacia dónde?
- Al este. Conduce trescientos metros y
dobla hacia el norte y desp…
El ruido de la grava bajo las ruedas
ahogó el resto de las indicaciones de Gallaguer. El gobernador miró a
Mulder. No llegaba a comprender el accionar de Eduard.
- ¡Dios mío! Eduard enloqueció.
Luke y Mulder esperaron a que la camioneta
girara y corrieron hasta su vehículo, mientras Mulder llamaba a Louie. El
gobernador y su secretario no entendían nada pero igual los siguieron y
subieron también, justo a tiempo para que Luke no los dejara allí. Mulder
conectó su teléfono al altavoz de la camioneta.
- Louie, soy Mulder. Estamos en el portón
de entrada. Dinos cómo llegar al edificio de los frigoríficos.
- Es el sexto edificio hacia el oeste.
Según estos planos hay siete frigoríficos en el lugar, tres de los cuales
están en la planta baja, dos en el primer piso y dos en el sótano.
Luke arrancó hacia donde Louie les
indicaba, lanzando hacia atrás al gobernador y su secretario que no habían
tenido tiempo de acomodarse en sus asientos.
- ¿Puedes especificar cuál de los
frigoríficos está funcionando?
- No, lo siento.
El gobernador se inclinó hacia adelante.
- ¿Y qué me dices de los que se usaban
para conservar carne? Suele requerirse más frío para la carne que para
otro tipo de alimento.
Louie tecleó a toda velocidad buscando la
información.
- Los que se usaban para congelar la carne
están en el primer piso.
Luke frenó frente al edificio y los
cuatro hombres entraron a la carrera con sus linternas encendidas. Mulder,
que iba delante, se percató que el piso estaba lleno de escombros y se
detuvo bruscamente.
- ¡Cuidado! Hay demasiadas cosas en el
suelo. Señor gobernador, manténgase detrás nuestro y todo miren bien
dónde pisan.
Avanzaron con precaución, esquivando
vigas y restos de paredes, hasta las escaleras y subieron manteniéndose
pegados a la pared.
En el piso superior, que estaba en mejores
condiciones que la planta baja, se encontraron con un gran pasillo central
al que llegaron varios corredores.
- Louie, ya estamos en el primer piso.
- Sigan derecho, doblen en el tercer
pasillo de la izquierda. Al final hay una puerta que da acceso al cuarto que
tiene las dos cámaras frigoríficas.
- Envía un par de ambulancias. Diles que
tenemos una posible víctima de hipotermia y otra con posibles quemaduras
con grado indeterminado.
- Estarán allí enseguida.
Mulder colgó el teléfono y se encaminó
decidido hacia donde Louie le indicaba. No era un creyente, no recordaba si
alguna vez había creído en algo parecido a un Dios, pero en ese momento
deseó de todo corazón conocer alguna plegaria. La que fuera. Sólo algo
que le permitiera pedirle al Dios de Scully que ella estuviera viva cuando
él abriera esa puerta.
La vista de la cerradura con clave
electrónica y el marcador de temperatura en treinta grados bajo cero lo
convenció de que más que una oración, necesitaba que ese Dios hiciera un
milagro. Hasta él sabía que la hipotermia llegaba muy rápido a esa
temperatura, pero no sabía cuánto hacía que Scully estaba allí.
Eduard detuvo la camioneta clavando los
frenos y bajó al mismo tiempo que lo hacía Damon. Gallaguer se apeó del
vehículo y miró a su abogado.
- Acompáñanos.
El hombre, visiblemente descompuesto,
bajó lentamente y los siguió dentro del edificio.
- Caballeros, les recomiendo que pisen
donde yo piso y no se desvíen demasiado de la ruta que les señale o no
responderé por lo que pueda ocurrirles. Verán, tuve que tomar precauciones
contra visitas indeseadas y el piso está lleno de minas que se activan con
los cambios de presión. Estoy seguro de que las conocen.
Y tomando una linterna que había junto a
la puerta de entrada comenzó a caminar por una especie de camino que
obviamente sólo él conocía. Damon se preguntó si eso no sería otra
treta de Gallaguer para mantener el control de la situación. Eduard sólo
se preocupó por llegar hasta donde estaba Dina sin perder de vista a
Gallaguer. Había decidido dejar para más tarde el elaborar la explicación
que le daría a su esposa por el trato que había hecho.
Llegaron hasta un cuarto pequeño y
Gallaguer levantó una tapa del suelo dejando ver una escalera. Le tendió
la linterna a su abogado y comenzó a descender. Los otros hombres le
siguieron, adentrándose en lo que seguramente había sido el subsuelo del
edificio. Caminaron alrededor de tres minutos hasta llegar a una puerta de
acero que obviamente no llevaba allí tanto tiempo como el resto del
edificio. Gallaguer se detuvo y colgó su linterna de un soporte de la pared
de manera que iluminaba directamente la puerta.
- Bien, está allí dentro. La
encontrarán encadenada a una tubería. Deben apurarse ya que frente a ella
hay una toma abierta por donde circula vapor hirviendo cada 12 horas y si
mis cálculos son correctos, el vapor saldrá dentro de… quince minutos.
Eduard contempló la puerta y tuvo que
contenerse para no descerrajarle un tiro en la cabeza. A lo largo de toda la
puerta contó veinte cerraduras, cada una de ellas con su llave.
- Ábrela.
Casanova sonrió y se metió las manos en
los bolsillos.
- El trato es que yo te traería hasta
ella. Tú ábrela. Al fin y al cabo es lo que te gusta hacer, ¿verdad? Te
encanta ser el super hombre que la rescata. Pero para que no se diga que no
quise colaborar les diré que la mitad de esas cerraduras están abiertas.
Sólo deben hallar las que no lo están y podrán abrir la puerta. Pero si
no lo hacen bien, las cerraduras se cambiarán automáticamente y tendrán
que volver a empezar. Si me disculpan iré afuera. Nunca me ha gustado el
olor a carne quemada. ¡Será por eso que me volví vegetariano!
El eco de su risa diabólica retumbó en
las paredes mientras se alejaba de los tres hombres que miraban la puerta
con impotencia.
Mulder y Luke se acercaron a la gran
puerta de acero que lo separaba del infierno helado en el que estaba Scully.
- ¡Scully! ¡Soy yo Scully! ¡¿Puedes
oírme?! ¡Scully!
Luke contempló la cerradura, muy
semejante a la de una caja fuerte, con su panel de números en el frente.
- Creo que no tenemos tiempo de averiguar
la combinación.
Y sacando de su bolsillo una navaja suiza
comenzó a destornillar los tornillos que sujetaban el panel en su lugar.
- ¿Qué haces?
- No podemos ponernos a probar
combinaciones así que provocaré un cortocircuito. Tal vez eso la abra.
- ¿Y cómo sabrás cuáles son los cables
a cruzar?
Luke sonrió mientras terminaba de
destornillar el último tornillo.
- Bueno, cuando uno trabaja de encubierto
en las pandillas callejeras tiene un entrenamiento intensivo en este tipo de
cosas. Confía en mí, soy muy bueno en esto.
Con habilidad desprendió el panel de la
pared, seleccionó un par de cables y, desconectándolos, los frotó. Las
chispas iluminaron su rostro moreno y un clack les dijo que habían tenido
suerte.
- ¡Vuolá!
Luke hizo girar la rueda y tiró de la
puerta, abriendo paso a un vapor helado que salió de adentro. Mulder se
precipitó dentro, buscando desesperado la forma conocida del pequeño
cuerpo de Scully.
Todo estaba helado, el vapor denso era muy
espeso. En un rincón, hecha un ovillo, estaba Scully.
Cuando Gallaguer le dijo que no tenía
más opción que prender el refrigerador para poder tener la cooperación de
Mulder, rezó porque él llegara a tiempo. Se mantuvo en movimiento todo lo
que pudo, saltando y caminando, pero poco a poco el frío la había vencido
y había terminado acurrucada, llorando ante lo que parecía inevitable.
Notó cómo las lágrimas se congelaban en su rostro dejando un surco helado
en sus ya de por sí pálidas mejillas y le pidió a Dios tan sólo la
oportunidad de poder decirle a Mulder lo que significaba para ella con todas
las letras.
Mulder se acercó a ella y temió tocarla
y descubrir que ya no respiraba. Con cuidado le quitó el cabello del rostro
y vio que tenía los labios amoratados por el frío.
- Scully.
Su voz era apenas un murmullo, pero el
mejor sonido que Scully había oído en mucho tiempo. Quiso nombrarlo, pero
su voz no salió de su garganta. Sin embargo, Mulder alcanzó a ver el
movimiento de sus labios y casi lloró del alivio. Suavemente la tomó en
brazos y la levantó.
- Tranquila Scully. Ya te tengo, ya te
tengo.
El gobernador y su secretario se hicieron
a un lado para dejarlo pasar con su preciada carga. Ambos hombres se
impresionaron al ver el cabello y la ropa escarchada de Scully.
- ¡Dios!
Mulder caminó todo lo rápido que pudo,
siguiendo a Luke que alumbraba el camino. Scully estaba casi inconsciente,
pero podía percibir el perfume de Mulder, los rápidos latidos de su
corazón, sus brazos apretándola firmemente contra su pecho, y la seguridad
de que todo estaría bien la invadió.
Escuchó el ruido de las sirenas, el cual
se intensificó cuando salieron a la mañana invernal y sintió cómo Mulder
la acostaba suavemente en una camilla y luego la metían dentro de una
camioneta. No quería irse sola, sin él, pero al extender la mano no tuvo
que mirar para saber que quien se la oprimía era el hombre que amaba.
Mulder se sentó frente a la cabecera de
la camilla apretando la mano de Scully suavemente cuando la vio mover los
labios, como si tratara de decir algo. Inclinó su cabeza hasta que su oído
quedó a la altura de los labios de Scully.
- ¿Qué dijiste?
La voz de Scully era apenas audible cuando
habló.
- ¿Dónde está tu saco de dormir?
Mulder sonrió mientras luchaba por
contener las lágrimas. Scully lo miró un segundo y le sonrió con amor
para luego caer en la inconsciencia.
Eduard se acercó a la puerta y la
alumbró con su linterna mientras Damon hacía lo mismo.
- ¡Idie! ¡¿Estás allí?!
La voz de Dina llegó amortiguada por la
puerta.
- ¡Aquí estoy! ¡Sácame de este lugar!
¡Estoy encadenada frente a una tubería que Gallaguer afirma conduce vapor
de agua!
Eduard se apoyó en la pared y suspiró
aliviado.
- Gracias a Dios. ¡Cariño, escúchame!
La puerta tiene veinte cerraduras y no sé cuáles son las que están
cerradas y cuáles abiertas.
Dina se retorció tratando de encontrar
una mejor posición. Le dolían las muñecas y sentía que la cabeza le
latía en el lugar en el que Gallaguer la había golpeado en la oficina,
cuando intentó alcanzar su arma. Al despertar, se encontró en ese sitio,
encadenada, y un Gallaguer deshumanizado le explicó con lujo de detalle
todo lo que había hecho por ella y que, dado que no mostraba signos de
entrar en razón aceptando que él era el hombre que debía estar a su lado,
no tenía más alternativa que hacer algo drástico.
- Cuando ya no tengas tu belleza te darás
cuenta que tu marido no te ama realmente. No como yo. En cuanto salga vapor
por este caño, tu vida cambiará para siempre.
Y la dejó allí, en la oscuridad.
- ¡¿Dices que son veinte cerraduras?!
- ¡Sí!
- ¡Teddy, es la misma barricada que
utilizó en el concurso, cuando lo descubrí haciendo trampa!
- ¡Genial! ¡Y, ¿cómo la abrieron en el
concurso?!
- Usaron virutas de metal y un magneto.
Las cerraduras que estaban cerradas atraían las virutas, que se quedaban
pegadas. Así supieron cuáles debían abrir.
Damon miró a Eduard desesperado y ambos
miraron a su alrededor.
- Idie, no hay nada parecido a virutas de
metal o magnetos por aquí. Sólo hay escombros.
Dina sintió una extraña vibración en
las tuberías y supo que no era nada bueno.
- Teddy, escúchame. Es tan pagado de sí
mismo que tal vez utilizó la misma combinación de cerraduras que aquella
vez. Prueba con las cerraduras uno, tres, cuatro, siete, nueve, doce, trece,
dieciséis y diecinueve.
Eduard comenzó a dar vuelta a las llaves
que Dina le decía. No tenía más opción que confiar en la memoria de su
esposa. El abogado de Gallaguer contaba las cerraduras a medida que Eduard
las abría.
- Pero dijo que la mitad estaba abierta y
ella sólo a nombrado nueve. ¡Falta una!
Dina no reconoció la voz que le hablaba
pero no se preocupó por eso.
- ¡También dijo lo mismo la otra vez!
¡Rápido! ¡Las tuberías están vibrando demasiado!
Eduard giró la última cerradura y giró
el pomo de puerta. Al tirar, la puerta se abrió. Se precipitó dentro junto
con Damon, mientras un extraño ruido llegaba desde un lugar lejano. No se
necesitaba ser un genio para saber que era el vapor que corría a presión
derecho hacia donde Dina estaba.
- ¡Aquí estoy!
Eduard llegó junto a Dina y comprobó que
estaba encadenada a una tubería que subía por la pared hasta el techo,
frente a un gran caño que había sido movido para que quedara ante la cara
de Dina.
- Hay un candado atrás.
Damon sacó su arma y disparó hasta que
el candado saltó. Con manos nerviosas los dos hombres comenzaron a sacar
las cadenas y la liberaron.
- ¡Rápido! ¡Salgamos de aquí!
Los tres corrieron hasta la puerta y se
toparon con el abogado de Gallaguer, que se había quedado en el pasillo.
- ¡Por Dios! ¿Qué es ese ruido?
Damon cerró la puerta de un golpe.
- ¡Corran!
Los cuatro emprendieron la huida y estaban
en la escalera, subiendo, cuando un ruido ensordecedor llegó desde el lugar
en donde habían estado momentos antes. Se escuchó un golpe que parecía
una explosión y cuando Damon, que iba último, estaba saliendo les llegó
el vapor, más sin la fuerza suficiente para hacerles daño.
Eduard abrazó a su esposa fuertemente.
- ¡Dios! Eso nos hubiera matado a todos
de haber estado siquiera cerca.
Dina se separó apenas y miró a su marido
a los ojos.
- ¿Cómo es que él te dijo que había
diez cerraduras abiertas? ¿Cómo me hallaron?
Eduard cerró sus ojos sólo un momento.
Sabía que debía decirle lo del trato antes de que lo viera afuera.
- Porque hicimos un trato con él.
Dina se alejó un paso de él y lo miró
con el ceño fruncido.
- ¿Un trato? ¿Qué trato?
Damon se adelantó.
- Dina, no tuvimos alternativa. Si no le
dábamos lo que él pedía, tú y Scully morirían.
Dina ni siquiera lo miró. Mantuvo su
vista clavada en su esposo.
- ¿Cuál fue el trato?
La voz de Gallaguer les llegó desde unos
metros donde él estaba apoyado negligentemente contra una columna.
- Un perdón del gobernador.
- ¿Qué?
Gallaguer le sonrió mientras caminaba un
par de pasos hacia ellos.
- El gobernador me otorgó un perdón por
todos los cargos que se me imputan a cambio de que los llevara hasta el
lugar en donde estaban tú y la agente Scully. Lo que me recuerda que
debemos apresurarnos aunque, la verdad, no creo que aún esté viva.
El teléfono de Damon sonó mientras Dina
trataba de procesar lo que acaba de escuchar. No podía creer que ese
monstruo estuviera exonerado de todo cargo, libre para seguir haciendo lo
que quisiera.
Eduard contempló como la furia y la
desesperación crecían dentro de su esposa hasta niveles que no había
visto antes. Iba a decir algo cuando Damon colgó su movil.
- En realidad, no hace falta que nos
apuremos demasiado. La agente Scully viaja rumbo al hospital en estos
momentos y, según Mulder, se recuperará.
Por una fracción de segundo el rostro de
Gallaguer se deformó por la furia, pero en un instante se recobró y
encogió sus hombros.
- Bueno, un punto para el agente Mulder.
Sabía que meterlo en el juego sería una buena decisión. No podemos negar
que inyectó dinamismo a todo esto. Sin embargo, aún así, yo gano esta
partida, ¿verdad?
- ¿Esta partida?
Gallaguer miró a Dina directamente a los
ojos y le sonrió con suficiencia.
- Dina, ¿no pensarás que nuestra
historia terminará así? Lo nuestro es como un matrimonio, juntos hasta que
la muerte nos separe.
Eduard supo lo que Dina iba a hacer un
segundo antes de que lo hiciera. El ruido del disparo sonó como un
cañonazo en el silencio de gran edificio vacío.
Gallaguer se miró asombrado el orificio
de bala en su abdomen y cayó de rodillas. Contempló la sangre en su mano
como si no entendiera y fijó su mirada en Dina que se acercaba apuntándole
aún con el arma de su esposo.
- ¿Qué haces?.
Dina lo contempló sin expresión alguna
en sus bellas facciones.
- Disuelvo el matrimonio.
El ruido del disparo fue lo último que
Gallaguer escuchó antes de que una bala se alojara entre sus ojos.
Eduard se acercó lentamente a Dina y con
suavidad le quitó el arma que sostenía en sus manos. Recién entonces,
Dina se derrumbó en sus brazos llorando.
- Tranquila amor, todo está bien. Ya todo
terminó.
Damon y el abogado de Gallaguer salieron a
la mañana invernal para encontrarse con Luke, el gobernador y su secretario
que estaban llegando.
- Damon, ¿qué pasó? ¿Dónde está Dina?
- Dina está bien.
El gobernador se adelantó.
- ¿Y Gallaguer?
Damon encendió un puro.
- Está muerto.
La voz del secretario del gobernador sonó
tensa y baja, casi como si su dueño temiera la respuesta a lo que iba a
preguntar.
- ¿Cómo?
Damon lanzó al aire una bocanada de humo
acre.
- Podría decirse que sufrió un derrame
cerebral.
Dina y Eduard aparecieron en la puerta en
ese instante. Él la mantenía firmemente pegada a él, como temiendo que se
la arrebataran en cualquier momento. Todos se mantuvieron en silencio.
Sabían que el derrame cerebral era una forma figurativa de hablar. Y nadie
tenía dudas de quién lo había causado.
Luke la miró inquieto y luego se acercó
a Damon.
- ¿Qué haremos?
Dina, que parecía estar en una especie de
transe, se desprendió del brazo que su marido mantenía en su hombro y se
dirigió de nuevo a la puerta de entrada.
- Idie, ¿qué haces?
- Finalmente tenía razón. Él ganó.
Damon se acercó a ella y escudriñó el
interior de edificio. Sin volverse, tomó un gran pedazo de madera.
- Dime Eduard, ¿cuánto crees que pueda
quedar de este lugar si uno cometiera el error de pisar donde no se debe?
Eduard comprendió lo que Damon quería
decir.
- Pues, la verdad, no mucho. Tú sabes,
las minas terrestres son altamente destructivas y explotan si otra cercana a
ella lo hace.
Dina los miró extrañada.
- ¿De qué hablan?
Damon dio un paso adelante y estudió las
columnas que mantenían el techo en su lugar.
- Luke, creo que deberíamos alejarnos de
aquí. El techo se ve inestable y el piso está minado.
Todos comprendieron a la vez lo que las
palabras de Damon significaban. Eduard se dirigió a la parte trasera de su
camioneta y sacó una gruesa cuerda. Con cuidado la ató al para golpes
trasero y luego entró junto con Luke, que llevaba una sierra de mano, y,
cuidando de pisar donde Gallaguer lo había hecho, lograron llegar cerca de
un gran poste de madera, cuyo objetivo evidentemente era sostener parte del
cielo raso. Luke aserró la madera hasta que la hoja comió dos terceras
partes del diámetro. Entonces Eduard ató la cuerda alrededor con un nudo
corredizo y salieron.
Todos subieron a los dos vehículos y
Eduard arrancó después de que Luke se había alejado lo suficiente.
- Teddy, ¿estás seguro de esto?
Eduard miró el rostro maltratado de su
esposa, los ojos tristes, las líneas de expresión marcadas por el dolor y
el cansancio y con suavidad le acarició el cabello.
- No podré borrar de tu memoria todas las
cosas que ese bastardo te hizo pasar y tampoco podré evitar los
sentimientos que sé que van a surgir una vez que puedas digerir lo
ocurrido. Pero te aseguro que no permitiré que vayas a prisión por ese
monstruo. Ni ahora, ni nunca.
Dina lo miró por un instante e
inclinándose lo besó suavemente en los labios. Sin decir nada, se
respaldó y ajustó el cinturón de seguridad.
Eduard aceleró lentamente hasta que
sintió que la cuerda ya no cedía. Entonces, aceleró a fondo. La camioneta
permaneció patinando en el mismo sitio unos segundos hasta que el madero se
quebró y salieron disparados como si la camioneta hubiera sido un potro
liberado. Eduard frenó y salió, uniéndose al resto que miraba hacia el
edificio.
Durante un segundo todo lo que se escuchó
fue el ruido de pedazos de techo cayendo y entonces, un estruendo que
pareció emerger de las entrañas de la tierra llegó hasta ellos y una
enorme bola de fuego se elevó por hasta el cielo lanzándolos hacia atrás
y obligándolos de protegerse, mientras una lluvia de escombros y madera
caía a su alrededor.
Todos se incorporaron y contemplaron el
fuego que consumía lo que, indudablemente, era la mayor pira funeraria que
ninguno de ellos había visto jamás.
El abogado de Gallaguer se adelantó y
abriendo su portafolios, sacó el documento que el gobernador había
redactado poco tiempo antes y se lo extendió.
- Creo que esto le pertenece señor.
El gobernador lo tomó entre sus dedos.
- Si me disculpan, debo ir a redactar la
declaración a la prensa sobre la muerte de mi cliente. Agradecería que me
llevaran a mi oficina.
Eduard que contemplaba junto a Dina el
espectáculo ocasionado por las últimas explosiones, al oír lo que el
abogado de Gallaguer acababa de decir, el temor de que una pesadilla
distinta comenzara le formó un nudo en la garganta.
- Y ¿qué dirá en su declaración?
- La verdad. Que lo seguimos hasta aquí y
murió cuando intentaba escapar.
Los primeros rayos de sol alumbraban el
lugar a medida que la calle se iba llenando de autos policiales mientras
cuatro agentes del FBI, el gobernador de la ciudad, su secretario y el
abogado del asesino serial más buscado de los últimos tiempos sellaban un
pacto de silencio sin decir una sola palabra.
Los hospitales nunca le habían mucho,
pero desde que Scully había estado internada por el cáncer, los detestaba.
Y allí estaba otra vez, en una silla igual a las que ya había ocupado
antes, mirando paredes con un decorado que ya había contemplado antes y
debatiéndose en un mar de miedo en el que ya casi se había ahogado antes.
Scully no había vuelto en sí en la
ambulancia y apenas llegaron se la llevaron a urgencias. No le había
permitido entrar allí, a pesar de sus vanos esfuerzos por sobrepasar al
fornido enfermero que terminó conduciéndolo con firmeza hasta la sala de
espera y le ordenó esperar allí al doctor.
Su teléfono sonó justo cuando estaba
considerando tratar de entrar de nuevo para conseguir información.
- Mulder.
La voz de su jefe le llegó alta y clara.
- Mulder, soy Skinner. ¿Cómo está
Scully?
- No lo sé señor. Está en urgencias y
aún no salió nadie para darme el parte.
Un silencio se sucedió a las palabras de
Mulder. Ambos hombres evaluaron las mismas posibilidades.
- Avíseme en cuanto sepa algo.
- Sí señor.
El teléfono quedó muerto y Mulder lo
guardó justo cuando Damon, Eduard y Luke llegaban por el pasillo hasta su
silla.
- ¿Qué pasó? ¿Dónde está Dina?
- En los consultorios haciéndose una
revisión. No presenta mayores daños, fuera de un ojo morado, pero se
están cerciorando.
- ¿Y Gallaguer?
- Murió.
Mulder casi no se atrevió a preguntar
cómo, pero Damon le ahorró la pregunta.
- La versión oficial dirá que intentó
huir y pisó una de las minas que había puesto bajo el piso del edificio.
- ¿Y la extraoficial?
- Que sufrió un derrame cerebral de 9 mm
y un desprendimiento del cielo raso ocasionó que estallaran las minas que
había colocado en el piso.
Mulder asintió. Quizás nunca tuviera los
detalles de lo sucedido, pero su imaginación era lo suficientemente fértil
como para rellenar los huecos que faltaban. Miró a Eduard y vio todo el
cansancio, el estrés, el alivio, la incertidumbre mezclados en su rostro
tenso. Todo había terminado pero aún así, ahora debía enfrentarse a lo
que venía. Nadie le quieta la vida a nadie y vive como si nada.
- ¿Dina está bien?
Eduard le sonrió. Tal vez lo que venía
sería duro pero no los mataría.
- Lo estará.
Luke miró hacia la puerta que tenía en
su cristal pintadas las siglas de la sala de emergencias.
- ¿Qué te han dicho de Scully?
Mulder estaba por repetir lo que le había
dicho a Skinner cuando se abrió la puerta de emergencias y un hombre
bastante joven se acercó hasta ellos.
- ¿Agente Mulder?
Mulder se adelantó.
- Soy yo.
El doctor se alisó su barba y sonrió con
ojos cansados.
- Buenos días, soy el doctor Cronck. La
agente Scully está bien. Pudimos revertir el estado de hipotermia, ya que
por suerte estaba en sus comienzos. No creo que vaya a tener secuelas pues
el congelamiento no ha sido de alto grado. En un principio me preocuparon
más las contusiones que presenta en todo el cuerpo pero por fortuna no hay
daños mayores, aunque sí habrá dolores. Deberá quedarse aquí un par de
días para ver cómo evoluciona y luego podrá llevarla a casa.
- ¿Podrá viajar? Vivimos en Washington.
- Ya veremos. Creo que no habrá problemas
mientras podamos arreglar el transporte. Vendaremos sus manos y pies por un
tiempo, hasta que la piel se restituya y pueda ser expuesta al aire. Hasta
entonces tendrá que asegurarse de no apoyar los pies ni sujetar nada con
las manos. Por lo demás, estará perfectamente.
Mulder estaba tan aliviado que casi se
pone a llorar de la felicidad, pero los años de entrenamiento en guardar
sus emociones vinieron en su ayuda para evitarle el papelón. Tan sólo se
limitó a sonreírles a los otros hombres que respiraron aliviados.
Damon le palmeó el hombro.
- Bien, me alegra saber que todo salió
bien. Escucha Mulder, llamaré a Skinner para notificarle y, si me
necesitas, estaré en la oficina.
- Gracias Damon.
Luke se acomodó su extraña gorra de piel
en su calva cabeza.
- Yo también me voy. Creo que necesito un
baño y una cena decente. Nos veremos después.
Los hombres se alejaron dejando a Eduard y
Mulder con el doctor.
- Bueno, tengo más pacientes que atender,
así es que lo veré después.
Mulder lo detuvo antes de que se fuera.
- ¿Puedo verla?
- Agente, una de las mujeres que Casanova
había torturado murió en mi mesa de operaciones. Ustedes terminaron con
esa bestia así que, en lo que a mí respecta, puede acampar en su cuarto si
quiere. Es la habitación 214.
Y diciendo esto, dejó a Mulder con Eduard.
- Iré a buscar a Dina y la llevaré a
casa.
- ¿Y cómo piensas festejar que todo ha
terminado?
Eduard le sonrió.
- Bueno, supongo que no saldrás de este
lugar hasta que Scully no lo haga así es que pienso arrancar las cámaras
del techo y abrazar a mi esposa en el sofá frente a la chimenea hasta que
se me caigan los brazos.
- ¿Tiempo de helado?
- No, este es el tiempo de abrazos. Una de
las cosas que aprendí de mi racional esposa es que, cuando la muerte la
mira demasiado de cerca, le cuesta dormir en paz y requiere de una larga
temporada de terapia de abrazos. Según dice, es la única manera en que
puede entrar en calor y dormir tranquila. Es un trabajo sucio, pero alguien
tiene que hacerlo.
Y con un guiño de picardía se fue.
Mulder tomó su saco y caminó hacia la
habitación que el doctor Cronck le había indicado. Con cuidado entró,
tratando de no hacer ruido.
La habitación estaba en penumbras, pero
entraba la luz suficiente a través de las cortinas como para distinguir la
figura de Scully tendida de costado en la cama. Sus manos vendadas
descansaban sobre el colchón y su cabello estaba revuelto sobre la
almohada. Los labios ya no estaban azules y, a pesar de que dormía, el
movimiento frenético de sus pupilas le indicó a Mulder que sus sueños no
eran muy felices.
Acercándose despacio, dejó su saco sobre
la silla que había junto a la cama y se inclinó para acariciar su frente.
Scully se despertó asustada al sentir que la tocaban.
- ¡No!
Mulder la tomó suavemente por los hombros
y la sostuvo.
- Tranquila Scully. Soy yo.
Suclly enfocó su mirada y se tranquilizó
al ver que quien la sostenía no era Casanova.
- Lo siento, estaba soñando.
Mulder le sonrió y sosteniendo su mano
vendada entre las suyas se sentó en la cama a su lado.
- Ya veo. ¿Cómo te sientes?
- Helada y golpeada, pero bien. Estoy
bien.
Mulder subió sus manos hasta el cuello y
con cuidado desprendió la cadena que llevaba prendida.
- Creo que tengo algo que es tuyo. Scully
contempló incrédula la cadena con la cruz.
- ¡Creí que la había perdido! ¿Cómo
es que la tienes?
Mulder le colocó la cadena con cuidado.
- ¿Lo olvidaste? Soy el gran Muldini.
Scully le sonrió y Mulder pensó que todo
el sol entraba en ese momento en el sombrío cuarto. Amaba esa sonrisa.
También amaba sus ceños fruncidos, sus risas escasas, sus lágrimas, sus
palabras, sus silencios. En fin, amaba todos y cada uno de los gestos que la
hacían única.
- En realidad, Casanova nos la dejó junto
a Leila Fulken cuando la lanzaste de la camioneta. Supongo que no quería
que fueramos a confundirnos con respecto a quien era el que te llevaba a
pasear, lo que nos llevaría a que nuestra imaginación trabajara tiempo
extra pensando lo que te haría.
Scully sintió una punzada en sus
costilla, recordándole la agradable estancia en los reinos de Casanova.
- ¿Qué te dijo el médico?
- Bueno, el doctor Cronck dice que no
llegaste a congelarte así es que no espera secuelas en tus manos y pies,
pero deberás evitar caminar y sostener cosas durante un tiempo. Dice que
las contusiones no son graves y, fuera de una temporada en la que te dolerá
reírte, todo estará bien. Así es que ya sabes, nada de carcajadas por un
tiempo.
Scully le sonrió. Miss Carcajadas le
decían.
- ¿Y Casanova? Él es el dueño de la
agencia de seguridad que instaló el sistema de vigilancia en la casa de
Dina y Eduard.
Mulder le retiró un mechón de cabello
rebelde y lo colocó tras su oreja.
- Sí, lo sabemos. Lo descubrimos justo
después de que se llevó a Dina.
- ¿Tiene a Dina?
- La tenía. Verás, descubrimos quién
era después de que ella había ido a verlo para pedirle que se fijara si
las cámaras estaban intervenidas. Pero cuando llegamos a su oficina no
había nadie. Luego apareció y nos ofreció un trato: tu vida y la de Dina
a cambio de un perdón del gobernador.
- ¡No se lo habrán dado!
- Bueno, Eduard llamó al gobernador, este
le dio el perdón, Gallaguer nos llevó hasta los viejos depósitos de su
padre y allí nos dijo que nos llevaría hasta las dos pero que no estaban
en el mismo sitio y lo más probable era que una de las dos muriera, así
que nos pidió a Eduard y a mí que decidiéramos a quién buscaríamos
primero.
Scully no podía ocultar el horror que le
causaba lo que le estaba contando.
- ¿Y yo fui la afortunada?
- En realidad, no.
La ceja levantada de Scully lo divirtió.
Eso no había sonado muy galante que digamos.
- Verás, cuando lanzaste a Leila Fulken
de la camioneta quedó mal herida y pudimos encerrarla e interrogarla. Ella
le dijo a Dina que tu cabello no te salvaría del hielo que te tenía
preparado. Así que imaginé que tú estarías frizándote en algún lugar
y, con la ayuda de Louie, te encontré mientras Gallaguer llevaba a Eduard y
Damon con Dina.
- ¿Ella está bien?
- Sí.
- ¿Y Casanova?
- Murió.
Scully se incorporó del asombro.
- ¿Cómo?
Mulder la empujó suavemente para que
volviera a recostarse.
- Creo que deberías descansar.
- Mulder..
- Está bien. La versión oficial dice que
murió cuando pisó accidentalmente una de las minas que había puesto en el
piso del edificio en donde encerró a Dina al intentar escapar.
- Y en realidad…
- En realidad no sé lo detalles pero
Damon lo describió como un derrame cerebral de 9mm seguido de la explosión
del edificio en donde estaba debido a que partes del cielo raso hicieron
explotar las minas. No se nada más. Pero lo que sí sé es que el doctor
ordenó reposo y esta charla no estaba prescrita. Así es que descansa.
Luego averiguaremos los detalles.
Scully miró a Mulder y supo que estaba
hablando en serio, así es que dejó que la cubriera con las mantas.
- ¿Sabes? Creo que es la primera vez en
que estoy de acuerdo plenamente con ese apodo estúpido que me dieron en el
FBI. Estoy tan helada que no puedo ser otra cosa que la Reina de Hielo en
este instante.
- Pues Eduard me habló de una solución
para ese problema.
Y levantándose rodeó la cama y se sentó
del otro lado de la cama. Scully se giró un poco para ver lo que hacía.
- ¿Y qué solución es esa?
Mulder se acomodó cuan largo era en la
cama hasta que su pecho quedó pegado a la espalda de Scully y, rodeándola
con su brazo, acomodó su cabeza tras la pelirroja cabellera.
- Él la llama terapia del abrazo. Supongo
que es una versión del asunto de las bolsas de dormir, ideal para casos en
los que alguien a estado demasiado cerca de tocar el arpa y le cuesta dormir
o entrar en calor o ambas cosas y está en lugares más o menos públicos.
Scully sonrió y se acomodó al abrazo de
Mulder. Tenía que reconocer que, después de todo, Eduard no era tan poco
romántico como había pensado. Tal vez debería darle una oportunidad y ver
qué otros consejos tenía guardados.
- Duerme Scully, yo me encargaré de los
duendes que hay debajo de la cama.
Scully comenzó a adormecerse sintiendo
que poco a poco entraba en calor, un calor que nada tenía que ver con las
mantas o el abrigo del cuerpo sino con el cobijo del alma. Mulder pensó que
se había dormido cuando escuchó su voz adormecida.
- Mulder.
- ¿Qué?
- Ya que pareces tener una respuesta para
todo dime algo, ¿cómo se supone que haré si no puedo caminar ni sostener
nada con las manos?
Mulder aspiró el perfume que aún
persistía en el cabello de Scully.
- No te preocupes por eso. Ya se me
ocurrirá algo.
Se siguió otra pausa de silencio.
- Mulder.
- ¿Qué?
- ¿Crees que podrías idear algo que me
permita recurrir a esta terapia en forma regular?
Mulder sonrió en la oscuridad.
- Pues supongo que será trabajo extra
para mi agotada mente pero no dudo que hallaré la solución adecuada.
Una vez más un cómodo silencio cayó en
la habitación y Mulder, que por fin se podía relajar, comenzó a
adormecerse.
- Mulder.
- ¿Mmm?
- Gracias por salvar mi vida.
- Fue un placer.
Mulder levantó un poco su rostro y
depositó un beso suave y prolongado en la sien de Scully. Ella cerró sus
ojos y sintió como los labios de Mulder bajaban hasta su oído y le
susurraba suavemente con una voz que le demostró todo el miedo que había
pasado.
- Pero no vuelvas a hacerme algo así de
nuevo o yo mismo te patearé el trasero y te encerraré en la oficina en
penitencia.
Scully se acercó un poco más a Mulder y
poco a poco ambos se quedaron dormidos. Dina y Eduard tenían razón, no
había nada como dormir en los brazos de la persona que uno ama para sentir
que todo estará bien.
Un sábado por la mañana, dos semanas
después, Mulder entró en el apartamento de Scully cargando dos bolsas de
papel llenas de comestibles. Ir al supermercado con una lista dictada por la
pelirroja reina de ese lugar era toda una experiencia nueva para alguien que
compraba todo en esos almacenes abiertos las 24 horas.
- ¡Scully! ¡Ya llegué!
Caminó hasta la cocina y dejó las cosas
sobre la mesada. Entonces se dirigió a la habitación en donde había
dejado a Scully un par de horas antes cuando se fue. Allí estaba, leyendo
el libro que su madre le había enviado en un ataque de culpa por no poder
ir a cuidarla ya que un fuerte golpe en la cadera la había dejado en cama.
- ¿Qué tal?
Scully levantó la vista del libro,
simulando que no le había oído llegar. El libro era interesante, una de
esas historias de amor en donde la pasión dominaba los sentidos y los actos
de los protagonistas, pero no tanto como para no escuchar cuando él metió
la llave en la cerradura.
- Cansada de esta cama. ¿Podrías
llevarme hasta el sofá? Así podremos conversar.
Mulder sonrió y la levantó fácilmente.
Se había acostumbrado a llevarla a todos lados y, aunque a veces bromeaba
diciéndole que dejara de comer o le rompería la espalda, amaba este papel
de caballero andante. No le había costado mucho convencerla de que si se
mudaba a su departamento podría cuidarla hasta que volviera a tener sus
manos y pies y Skinner no había puesto reparos en darle un permiso de dos
semanas para que no la dejara sola.
Y Scully no podía negar que era la mejor
manera de que la cuidara y, además, poder facilitarle la terapia adecuada
cuando tenía pesadillas por las noches, cosa que ocurría muy seguido.
- Di la verdad Scully. Quieres supervisar
que guarde todo en su lugar exacto. ¡Dios no permita que los garbanzos
queden junto al rollo de papel de cocina! Lo que me recuerda, ¿sabías que
si hiciera una fila con un papel sanitario de cada uno de los tipos que hay
podría marcar una camino hasta mi departamento por la ruta más larga?
Ella rió cuando la depositó con cuidado
en el sofá.
- Te dije que ir a hacer las compras en un
supermercado era una aventura muy instructiva. Podrás seguir investigando
ese tipo de cosas cuando vuelvas a tu departamento el lunes.
Mulder estaba atareado colocando las
compras en su lugar. Le gustaba el orden de las alacenas de Scully y le
gustaba ordenar las compras en ellas. Se alegraba de que en dos días le
quitaran las vendas pero era una pena que esta especie de luna de miel
terminara. El timbre de la puerta interrumpió su momento de nostalgia
adelantada. Al abrir se encontró con el portero del edificio que venía a
entregarle un paquete que había llegado por correo.
- ¿Qué es Mulder?
Mulder se sentó en el sofá junto a
Scully, cuidando de no tocar sus pies vendados.
- Es un paquete de Dina y Eduard.
Tomando las llaves rompió la cinta que lo
envolvía. Dentro se encontraron con dos paquetes, en cada uno de los cuales
había un cartel con el nombre de uno de ellos.
- Parecen libros. ¿Podrías abrirme el
mío?
- Claro.
Mulder rasgó el papel y apareció una
guía turística con las ciudades de Europa y el tendido de los trenes que
recorrían el viejo continente de punta a punta. Intrigado se lo pasó a
Scully y abrió el suyo. Dentro había un pequeño libro con el título de
"101 maneras de razonar con una mujer racional" y un sobre que
cayó en su regazo. Dentro había dos Europases y una nota firmada por Dina
y Eduard.
"Gracias por su ayuda. Disfruten el
paseo"
¡Bueno! ¡Definitivamente, Eduard Pariss
era un genio dando consejos!